
La historia del maquillaje data de miles de años. Los egipcios fueron los primeros en documentar su importancia como elemento cultural. Admiraban la belleza de una piel suave y ojos seductores. Para maquillarse usaban cosméticos naturales.
Hacia la Edad Media, tener la tez pálida era signo de categoría social. Las mujeres tomaban medidas extremas como provocarse hemorragias o utilizaban plomo y arsénico. Sumarle tono rosado a las mejillas también daba estatus ya que solamente los ricos podían pagar esos cosméticos.
Los franceses del Siglo XVIII incluían el rojo en labios y mejillas, convirtiéndolo en símbolo de salud. En la era Isabelina, sólo era utilizado para esconder enfermedades.
Durante la era Victoriana la avena, miel, yema de huevo y agua de rosas reemplazaron a los cosméticos. Se añadía coloración en secreto pellizcando las mejillas o utilizando jugo de remolacha y limón como blanqueador.
Poco después el aspecto “enfermo” se puso de moda. Se enfatizaban las ojeras, mejillas rosadas y labios carmesí.
Con la televisión y el cine el maquillaje cobró más popularidad. Para la década del ‘30, estaba disponible para todas las clases sociales. El maquillaje se convirtió en algo sensual. Hoy en día esta industria sigue evolucionando con fórmulas minerales y ecológicas.
